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En defensa del diseño feo
¿Y si el logo de los Juegos Olímpicos no fuese horroroso sino interesante? Un libro recoge trabajos que desafían lo visualmente aceptable

de Begoña Gómez Urzaiz
01 de junio de 2012

Una silla de plástico de jardín, cubierta por una sustancia azul que parece derretirse encima, no provoca de entrada el sosiego visual que proporciona, por ejemplo, una Tulip de Saarinen, pero tiene algo qué decir. Algo que, en 2012, estamos mejor equipados para entender.

Esto es, entre otras cosas lo que viene a decir el libro Pretty Ugly (Gestalten Verlag), que han editado los diseñadores Lupi Asensio y Martin Lorenz, del estudio barcelonés Two Points.Net. Su tesis es que, mientras que el arte ha avanzado históricamente por repulsión estética (cuando una nueva escuela planteaba algo que era inaceptable para la anterior), al diseño no se le había permitido hasta hace poco dejar de ser estéticamente agradable. Pero en las últimas décadas han surgido una serie de insumisos de lo estético que están dejando su impronta tanto en el diseño gráfico como en la tipografía, la moda, el mobiliario y la fotografía. El libro recoge ejemplos de todos estos campos en formas, colores y perspectivas que se suelen considerar feas pero que, según los autores, ya están influyendo a los creadores del futuro. Se trata, según dicen los autores, de superar la dicotomía entre bonito/feo, que sigue sujeta el diseño y separar los trabajos entre “interesantes” o “aburridos”.

Asensio y Lorenz idearon el término como un juego de palabras, ya que “pretty” se traduce tanto por “bonito” como por “bastante”, así que el término puede entenderse como “bonito feo” y como “bastante feo”. Ya antes, Patrick Burgoyne, el editor de la revista especializada Creative Review había acuñado el término New Ugly (Nuevo Feo) para referirse a la corriente estética que domina estas primeras décadas del siglo y que está muy influida por la imagen de los ochenta y los noventa. ¿Su ejemplo más claro? El logo de los Juegos Olímpicos de Londres 2012, que se puede considerar directamente feo o bonito-feo, según se mire. De momento, el logo de la agencia Wolff Ollins se ha ganado muchos más enemigos que amigos en la comunidad del diseño. La revista The Atlantic lo definía hace tan sólo cosa de un mes como un “auténtico desastre en colores ácidos. Da la impresión de que a sus diseñadores se les cayó al suelo, lo recogieron y decidieron utilizar las piezas rotas de todas formas”.
london logo

Cuando se desveló, en 2007, los autores de Pretty Ugly estuvieron entre los diseñadores que firmaron un manifiesto en contra del logo. “Pero hoy en día ya no asusta”, aseguran. Creen que sobrevivirá en el tiemo vinculado a su época, pero que en general lo feísta no funciona en la identidad de marca, a no ser que el producto sea también pretty ugly, ya que las imágenes de marca tienen que envejecer bien y comunicar.

Para completar su catálogo de atractivos horrores, Asensio y Lorenz empezaron con una selección intuitiva de ejemplos en la moda, el diseño gráfico, el arte y la ilustración y, a medida que seleccionaban, acabaron por cristalizar los conceptos que definen al movimiento. Esos productos tienen que ser feos, pero por una razón. Tienen que haber llegado allí como parte de un proceso conceptual o metodológico.
gato ugly

Los diseñadores que lo practican son en su mayoría jóvenes, pero no todos. También hay feístas que superan los 50, como los holandeses Mevis y Van Deursen, tipógrafos (entre otras cosas) que han colaborado con los diseñadores Viktor&Rolf, un dúo que a menudo ha llegado a la subversión pero desde lo cursi, no desde lo feo. “El Pretty Ugly lo vemos como un movimiento contra los criterios establecidos de lo que es el buen diseño. Incluye lo que no te gusta y lo que va en contra de lo que tu educación te dijo que era lo correcto. Entrar en el mundo de lo que está mal libera y hace posible cualquier tipo de experimento”, aseguran Lorenz y Asensio, defensores de propuestas como las que en moda hacen Cruzcastillo, Roberto Piqueras o Killian Lodo, todos ellso incluidos en el libro.

Viendo algunos de sus ejemplos, como los carteles con tipografías que parecen sacadas de un procesador de textos de los noventa, es imposible no preguntarse dónde está la frontera entre lo deliberadamente feo de lo sencillamente amateur. “La diferencia reside en los detalles. No es un movimiento que lo haga mal porque no sabe hacerlo mejor, sino que una generación altamente educada usa sus conocimientos para romper lo que nos has sido dado como normas. Un amateur tiene que tener suerte para crear algo interesante, mientras que un profesional conoce las reglas y por eso sabe cómo romperlas”, afirman.